Cartas del director

Bailemos

Dice mi padre que la vida es una hora para allá y otra para acá. ¿Somos conscientes? Me topo en ocasiones con quienes piensan que estarán aquí para siempre, como un adoquín aferrado al suelo con cemento. Como si creyesen poder ignorar la llamada de la que nadie se libra por mucho que dejemos el móvil en silencio. Nadie y cuando digo nadie es nadie, amigo mío. Acabamos de despedir el mes de los difuntos y lejos de entristecerme me ha servido para recordar la muerte a la que algunos temen. La verdad indiscutible. La muerte no es el final, sino el comienzo... Tomar conciencia de la muerte es tomar conciencia de la vida y ponerla en valor. El mes de todos los santos me ha servido como revulsivo para vivir y contagiar de vida, en la medida de lo posible, con quien me he cruzado entre baile y baile de la longitud de las dos horas de ida y vuelta que es la vida. Gastémosla, le invito a estrujarla o a bebérnosla, bailarla, abrazarla, amarla, desafiarla incluso en ocasiones para vivirla, crearla, gozarla sin descanso porque sólo descansando empezaremos a morir realmente. Usemos la libertad como el mayor de los lujos para tomar el rumbo hacia nuestras aspiraciones, camino de lo que nos hace sentir bien, eligiendo a los compañeros de viaje y desechando a los necesarios para estar vivos, más que nunca. Para ello, como dice el Papa, tenemos que vivir en un continuo perdón. El poder del perdón... Saber perdonar tiene muchos beneficios para el cuerpo y las relaciones.  Empezando por perdonarnos a nosotros mismos por lo miserables que podemos llegar a ser, potenciando lo que nos hace brillantes. Todos somos brillantes en algo. Sólo hay que identificarlo, asumirlo y proyectarlo. Sólo perdonando podemos ser felices. La felicidad de la que tanto se ha hablado. Hasta me da coraje nombrarla siéndole sincero pero es inevitable. ¿Quién no quiere ser feliz? La felicidad que nace y muere en nosotros, los únicos responsables de ella. Guardemos en nuestro interior todos esos momentos que nos elevaron el alma y repitámoslos sin parar, sin descanso... Con las mismas manos temblorosas de la primera vez. ¿Cuánto daríamos por atrasar el reloj para ganarle horas al amor y a la vida? Luchemos por creerlo. Sólo creyéndolo puede ser posible. Me niego a ser un consumidor, un ciudadano, un miembro, un votante inerte... Seamos personas, llenas, rebosantes, historias vivas de historias en el espectáculo de lo cotidiano desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos, agotados por haber vivido el día con ganas, muchas ganas. Locos por un nuevo amanecer para seguir viviendo la locura de vivir. Abramos el cajón de nuestra alma donde guardamos mil primaveras para regalarlas a la vida y a todas las vidas que la conforman. Sonriamos y seamos agradecidos a la vida y a Dios, al tuyo o al mío. Cada instante, cada momento es una ocasión para ser felices. No perdamos ni uno sólo en otro sentido. Tomemos el cartucho de castañas cuyo humo acaricia el cielo de diciembre para recuperar aquella tarde de la mano de nuestra madre, abrigados hasta casi lo insano, pero tomémoslas como la primera vez, embelesados en su sabor y la magia que las envuelve con forma cónica. Disfrute del olor a café al pasar por su cafetería favorita y encuentre melodía en el sonido de su máquina. Deténgase a ver a los músicos callejeros y piense con alturas de miras, con altura espiritual. Ese momento no volverá a repetirse. Es un regalo. La vida ciertamente, sin milongas que yo le cuente, no es la fiesta que creíamos, para qué voy a engañarle. Pero ya que estamos aquí bailemos, bailemos hasta que gastemos las suelas. Bailemos sin temor al ridículo. Bailemos hasta el despeine. Bailemos.

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