Cartas del director

El Café de los Leones

Estará conmigo en la indecisión entre reír y llorar con la que nos está cayendo a todos los españoles, sin comerlo ni beberlo. Mi tendencia a la risa se me está yendo a golpe de tertulias políticas que incitan a la siesta, boletines informativos repetitivos e inmóviles, debates de pelo y medio pelo, periódicos escritos con las mismas milongas que hace ochos meses largos, largos como un agosto sin dinero. Mire usted, estoy cansado de estar cansado de la clase política. Una política de patio de colegio del ¡pues tú más! Miren señores, ya no puedo más, como diría el incombustible Camilo Sesto. Me enerva esta supremacía del YO con la que se están riendo, ellos sí, de la sociedad española consentidora y asombrosamente callada como una puta en cuaresma. Callados como putas. Lo ha leído bien. En las barras de los bares encuentro, como observatorios ciudadanos por antonomasia, donde está probablemente el origen de este problema que nos ha arrastrado a ser los bufones internacionales con un gobierno sin gobierno en funciones sin funciones. A la gente le preocupa las cofradías y el fútbol. “¿Y para cuándo los presupuestos del 2017?” “¿Qué hablas que no te entiendo?” “Nada, que el Gran Poder sale en noviembre” “¡Ah, eso no me lo pierdo por nada del mundo!”. Ni yo tan poco, pero no es eso. Que a día de hoy no hayamos salido a la calle a ponerle la cara colorada de forma masiva a los trescientos cincuenta diputados que, eso sí, cobran todos los meses del erario público es para mirárselo. No tenemos perdón de Dios los españoles por consentir que esta panda de pandilleros se rían de nosotros por intereses personales y tan atávicos como la supremacía e imposición del macho de la manada. Tenemos lo que nos merecemos. Una sociedad basura que consume una televisión basura y que sólo mira su frigorífico, su hermandad y su equipo de fútbol. ¡Qué barbaridad! En este instante, una sociedad madura y con sentido de Estado debería estar tirada a la calle exigiendo a quienes cobran porque hagan su trabajo. No es cuestión de voluntad. Están obligados a entenderse o a irse. Les hemos dado nuestro dinero con asfixiantes impuestos y nuestros votos para que nos gobiernen y quien no lo entienda así que monte una buena cafetería en Sevilla que estamos muy cortitos con sifón en ese sentido. La cafetería que montaría con Rajoy , Rivera y Sánchez con tazas buenas de té, buenas cafeteras y teteras, servilletitas de hilo, hermosas tartas bien presentadas y camareros con caras de niños bien de Harvard vestidos con pajarita sería antológica. Sería de peregrinación. El Café de Los Leones, guiño a los que flanquean las puertas del Congreso, sería de pontifical, de tirar la casa por la ventana. A Rajoy lo dejaría con los números, porque como hable con la clientela subiría el pan de las tostadas. A Sánchez, que sólo es delgado, lo dejaría en el mostrador, calentando los sándwiches aplastaditos como en Embassy de la madrileña calle Ayala. A Rivera atendiendo a las mesas porque tiene buena pinta. Seguro que iría a pique. Ni colocando coquetos veladores, vitrinas de vértigo, como la de aquellos cafés con olor a bueno que nuestra ciudad perdió a base del imperante gusto cateto del complejo y del confundir lo antiguo con lo viejo, lo bueno con lo clasista y caro. A Sánchez no le importaría que la cafetería fuese a pique con tal de no quererse entender con el contable de poca dicción Rajoy. Lo que quiere es quedarse con el puesto de Mariano “El contable”. El gallego, encantado de conocerse y de su gestión con los números, no se detendría ni un segundo a plantearse si debe cambiar de cafetería o al menos de bajar el balón al suelo y hacer por ganarse con humildad al sólo delgado y guapo Sánchez. Al gallego le faltaría un amigo sincero que, en la hora del cigarrillo, le invitase a, tras su preceptivo premio a toda una vida en la empresa, marcharse con todos los lazos y fastos, pero a coger Puerta, Camino y Mondeño. Rivera, con su retórica propia del nieto que todas las abuelas quisieran tener, con su conocida bipolaridad remataría la gesta cafetera. Una veleta inseguro y con un compromiso express con fecha de caducidad como un yogur de fresa de antes de las vacaciones. Tendría al gallego y al otro desquiciados, desconcertados, sin saber a qué atenerse. Si no están capacitados para llevar entre los tres el café que Sevilla necesita, cómo vamos a ser tan osados como para creer que pueden dirigir los destinos de una nación como España. Mientras tanto, por nuestra parte nada de nada. Aquí nadie se echa a la calle y eso me hace buscar la fuga en la frivolidad, que me sirve como bálsamo con el que sobrellevar este resquemor que a cualquier patriota de media tinta le incomoda y le conduce a la ansiedad. Manifestémonos. Señores de la derecha y señores de la izquierda, señores del centro, señoras y señores, y los que no lo sean también, por lo que más quieran, reaccionen. Reaccionemos y empecemos en las redes sociales, en la barra del bar, en nuestro trabajo y manifestémonos todos y de la mano para que sean serios estos “chupósteros” del Sistema y hagan el trabajo por el que cobran o que se marchen. Sevilla necesita más cafeterías bonitas, que no olviden este dato. Que dejen la poltrona porque vean que dejamos la nuestra. Enseñemos los dientes y que nuestra sociedad no es tan hueca y abnegada como parece. Enseñemos que no están a nuestra altura para gobernarnos. Estamos adormilados y eso no nos lo perdonarán las generaciones venideras. Manifestémoslo, salgamos a gritar que nos duele España, juntos, sin complejos. Ya está bien, pero que muy bien…

 

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