Cartas del director

Felipe González, el mejor alcalde de Sevilla

Vivimos un año que tiene que ser de celebración aunque es inevitable sentir también grandes dosis de nostalgia en sangre que galopa por nuestras venas por unos años ambiciosos, de locuras valientes, de cambios sin miedo a ellos, de transformarse y transformar, de avance, de revolución ante el inmovilismo autocomplaciente, tan dentro del ADN del sevillano como nuestros adoquines. Minutos antes de enfrentarme al blanco de esta hoja se me ocurre asomarme al magnífico video “Sevilla en el alma” de Juan Lebrón. En él podemos ver la Sevilla de finales de los ochenta, mientras se acicalaba para ser anfitriona universal. Históricamente nuestra ciudad ha crecido y se ha transformado a colación de las grandes citas, como puede ser una exposición universal. Lo hizo para acoger la boda del Rey Emperador Carlos I de España y V de Alemania, siglos después para la Exposición Iberoamericana de 1929 y la última grande a instancias del único presidente sevillano de nuestra democracia, Felipe González Márquez, que barrió para su tierra como un jabato. Puso a Sevilla a dos horas y media de la villa y corte. Transformó nuestra ciudad, nuestras carreteras, nuestros negocios, nos recolocó en el mapa internacional, nos hizo crecer a pasos agigantados. Cuando digo que Felipe González ha sido el mejor alcalde de Sevilla lo digo consciente porque es una verdad grande como una plaza de toros. En este 2017 me gustaría que los responsables de la cosa pública se miraran en el espejo del noventa y dos. Sevilla celebra en este año que suma diez las bodas de plata de la Expo. Sobra el noventa y dos, porque la Expo para el mundo fue la del noventa y dos. No me refiero a que llenemos este año de actos conmemorativos, que también, porque genera atención mediática para una ciudad que vive de ser contemplada. Me refiero a retomar los puntos en los que flaquea Sevilla en sus aspectos más enclenques. Quiero que Sevilla revise su aspecto urbanístico. Desde nuestros veladores, a nuestras fachadas, mobiliario urbano, letreros, escaparates, alumbrado público, uniformes de personal público y de nuestros camareros, acogida de grandes citas deportivas, musicales, sociales... Sevilla tiene que ser bonita exhaustivamente hablando. Sevilla tiene que revisarse críticamente y ponerse las pilas. Un criterio más homogéneo con la delicadeza de lo bien hecho y no de lo cutre hasta en la manera de reponer el albero de los socavones de último parque. Sevilla tiene que tener el mejor servicio en nuestra restauración. Cuando viaja uno un poquito se da cuenta de cómo cuidan fuera hasta una simple sombrilla, el diseño de una papelera o sus kioscos. Hay normativa vigente pero qué trabajo me cuesta verlo aplicada en el día a día. Nada más que hay que pasear por las conocidas y expuestas calles Sierpes o Mateos Gago, por la Avenida de la Constitución para ver cuánta patada a la estética en las narices de nuestros turistas como si Sevilla fuese un petróleo que nunca se acabase. Sevilla no es la gallina de los huevos de oro eterna. Echo de menos la ambición del noventa y dos en nuestras luces de navidad y estamos a menos de un año de la siguiente. ¿Cómo sería darle la oportunidad a unos profesionales del diseño de proponer a los sevillanos cada año por el mismo presupuesto actual una visión de cómo debe ser la navidad en Sevilla? Un diseño único para toda la ciudad, para todos los distritos. Eso sería una noticia de cada año. Cada septiembre se presentaría a los medios a los diseñadores elegidos por un comité de expertos. Buscando que sean de reconocido prestigio como para que sumen en la excelencia que una ciudad como la nuestra debe tener hasta en la última bombilla de la última calle que se adorne. Esa locura no se me ha ocurrido en un delirio de media noche. Eso ya se hace. Lo ha hecho Madrid y lo han hecho las grandes capitales europeas. ¿Cómo sería convertir nuestra caseta municipal de la Feria de Abril en el punto neurálgico donde se den cita personalidades mundiales convidados por el Ayuntamiento con todas las sinergias que pueden surgir de esas copas de manzanilla y el negocio que acarrearía? ¿Cómo sería tener un invitado o una invitada internacional de nuestro Ayuntamiento cada año, cuyas dietas estuviesen cubiertas por patrocinadores? Claro que para eso habría que quitar a los nuestros y poner a los que saben hacerlo, con mentalidad empresarial y formación, y no es lo mismo, rey moro. ¿Cómo se posicionaría Sevilla si nuestras medallas del día de San Fernando salieran del aire casposo provinciano y tuviera altas miras en la elección de un personaje nacional e internacional en cada edición con una cuidada cena de gala posterior? ¿Qué le falta a Sevilla? Pues mire, sin pensarlo mucho: En el poder faltan ganas, formación, ambición lógica, inconformismo documentado y altura de miras baremadas. La altura de miras que hubo en 1992 con un presidente sevillano en Madrid que se tiró a pecho descubierto, sin miedo a la crítica del favoritismo, a levantar esta ciudad beatona, populona, con decisiones cutres, para salir del paso, cubriendo expedientes a la baja, trasnochada y con aspecto de señorona de mecedora y roete. Sueño con la Sevilla universal del veintinueve y del noventa y dos. Señores, Sevilla no es lo mejor del mundo fuera de Sevilla. Sevilla lo será fuera de lo que queda de nuestras murallas destruidas por la ignorancia el día que luchemos para que lo sea nuevamente. Sevilla no puede vivir de las rentas que son limitadas. Sevilla tiene que espabilarse. Tomen nota, señores políticos principalmente, Sevilla no vive su momento de esplendor. Acudan a los profesionales, beban de la fuente de quienes pueden hacerlo y háganlo o dejen hacer. Ojalá un Felipe González en cada esquina de Sevilla hoy mismo. Ojalá que esta reflexión la hicieran suya quienes pueden darle la vuelta a la tortilla mediocre con olor a naftalina que nos comemos con patatas sin rechistar.

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