Cartas del director

La vida es hoy

Hay gente que vive como si fuese a hacerlo para siempre y debo decirles que no será así. Lo lamento una barbaridad de hecho, porque en mis planes no entra morirme. A veces escucho comentarios de mentes envejecidas en plena juventud de las que huyo como de la mala hierba. Prefiero a aquellas que se supone que viven su fin de fiesta y lo hacen en cambio con una insultante frescura y una pizca de ingenuidad, desafiando pronósticos, olvidando fechas y cánones, bailando incluso bajo el sol y la lluvia, porque, como siempre digo, la edad no es una cuestión de años sino de actitud. Apuesto por vivir como si no hubiera un mañana. No quiero hablar del tiempo. Jóvenes de todas las edades, prestos a los desafíos grandes y pequeños del día a día. Positivos, con la cautela justa para echar el día, la justita, osados, valientes, echados para adelante, a pecho descubierto. Huyo de la seguridad segura, de lo atado y bien atado, de lo organizado y rematado, de lo cerrado cerradísimo, de lo planeado planificado. Detesto las reservas desde enero. Las fechas de un año para otro. La vida es fantástica cuando tomamos cada éxito, cada conquista por pequeña que sea como un regalo de Dios y de las estrellas. Sentirnos triunfantes a cada instante. Me aburre y aburre a las ovejas, incluso a los muertos, la gente que planifica con antelación algo tan fugaz, espontáneo y azarosa como es la propia vida. Me gusta ilusionarme con el día a día. Vivir con expectación. Derramarme por la vida con la curiosidad de un niño. Me gusta la gente y quiero que nos quede por conocer siempre a más en un tintero interminable. No quiero un círculo de amigos, un grupo, un sector, un departamento, una ciudad aunque por Sevilla muera. No soy un ente estanco que ya conoce lo que tenía que conocer, que ha vivido lo que tenía que vivir. Mis amigos no son los que son sino los que son y serán. Mi vida no ha sido, mi vida es. No quiero ir ni venir de vuelta. No quiero descansar y ahorrar para el día de mañana. No quiero vivir contando, ni haciendo balances. No quiero parar porque como pare me caigo. No me quiero reservar porque no soy un tinto. No quiero vivir en una incubadora perenne. No quiero aconsejar ni ser aconsejado. Quiero vivir suelto y sin vacunar. Quiero vivir los lunes como sábados, los miércoles como viernes y los domingos como jueves. Sin horarios para ser feliz y para invernar. No hay días para ser felices y para no serlos. La vida no es una preparación. La vida es hoy. Está siendo de hecho  en este mismísimo instante. Ahora es la vida. Mire el reloj para olvidarse de él. La vida no es de nueve a dos o de cinco a ocho y media. Quizás, seguramente, la vida será también mañana y pasado, pero hoy y ahora es seguro. Quiero vivir en un continuo despertar. Seguro de mí mismo aunque en una inseguridad continua. La seguridad es un privilegio de los dioses. Viajar y aterrizar para crecer y volver por amor y no por obligación, porque toca o porque sea lo suyo. No quiero ser el más civilizado, ni el más ordenado, ni el más formal. No quiero ser el primero de la clase, de la fila, de la pandilla, de la vida, de la promoción. Quiero ser y estar, vivir y crear, gozar y sufrir, reír y llorar, dormir para soñar. Quiero conocer, explorar y aprender hasta el último suspiro el día del punto final tras el cual no queden ni siquiera dos puntos suspensivos. Vivir con olor a nuevo, con sabor a estreno. 

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