Cartas del director

Pensar o dejarse llevar, ese es el dilema

En la vida hay que elegir y al hacerlo uno siempre teme a equivocarse. A veces no decir nada es la mejor de las mentiras. Por lo tanto, querido lector, mi invitación este mes es a luchar, a manifestarse, a decir en la vida, a no rendirse. La lucha por los sueños es extenuaste, sin cuartel, fatigosa. Solo hay que responderse a una pregunta: ¿Merece la pena el sacrificio? Si es así adelante, porque hay que pagar el alto precio de la aspiración, el inconformismo, de la libertad en definitiva. Es ley de vida. Nunca nadie nos leyó la letra pequeña de la vida, ni nadie dijo que fuese fácil. En la decisión y en la lucha juega un papel fundamental la autoridad y ésta siempre se debe apoyar ante todo en la razón. La autoridad es necesaria para luchar contra las mentiras porque sólo enfrentándose a ellas puede alcanzarse la felicidad, entre otras cosas porque uno no puede vivir de espaldas a la mentira por mucho que quiera. La autoridad es aquello que nos avala en seguridad para conseguir nuestras metas vitales. Autoridad moral, autoridad cimentada en la verdad matizada pero verdadera. Sucede a veces que el miedo a afrontar la realidad nos frena a dejar de mentir por eso hay que superar ese miedo que nunca fue un buen compañero de viaje. Hay que sacar agallas de donde no las hay y dejarse llevar por nuestra elección reposada pero apasionante. Lo que ocurre es que no siempre somos tan valientes para afrontar la verdad y entonces permanecemos ahí, inmóviles, esperando, sin ser conscientes de que, queramos o no, la verdad, incapaz de resignarse a la sombra, acaba saliendo a la luz, siempre. Hacer caso al corazón nos puede hacer muchas locuras y las locuras casi siempre acaban mal. Las personas que nos dejamos llevar por el corazón acabamos bajando la guardia, pero es inevitable. Esa razón nos separa de muchos seres vivos, el movernos por el corazón, sin razón. De pronto, cuando uno piensa que lo tiene todo controlado en la vida aparece una persona o una nueva meta que en realidad no es nueva sino que la acabamos de descubrir y que despierta un corazón que estaba dormido. Si fuese la razón la que mandase seguramente huiríamos lejos de allí pero eso no se puede hacer eternamente, porque el corazón está vivo y uno no puede evitar que siga su camino aunque sepamos que ese camino va a terminar por hacernos daño. Pensar o dejarse llevar. Ese es el máximo dilema. El corazón nos hace soñar, pero es la cabeza la que convierte los sueños en realidad. La razón nos guía por un sendero de orden, mientras que el corazón nos adentra en lugares que ni siquiera podíamos pensar que existieran. Razón o corazón, qué difícil elegir. La confianza se gana día a día pero se pierde en un instante, como un vaso de agua que se derrama en el suelo. En ello tenemos que emplear nuestras fuerzas, en luchar, de espaldas a la mentira, equilibrando razón y corazón en la medida que podamos, con autoridad, sin contemplar la rendición, para alcanzar nuestros sueños, nuestras metas, aquello que anhelamos, aunque peinemos canas, porque tenemos el encargo de ser felices hasta el final y la felicidad nace y muere en nosotros mismos. Hoy puede ser el comienzo, la línea de salida hacia nuestra plenitud, hoy era el día que tenía que llegar y llegó. Dejándonos llevar por el corazón que es el que nos hace soñar y eleva nuestro espíritu, pero no olvide, querido amigo, que es la cabeza la que convierte los sueños en realidad. ◉

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