Cartas del director

Vivir a pecho descubierto

Solitario camino buscando en el sigilo la respuesta de los colosales asuntos vitales. Siempre acabo concluyendo que la verdad es la mejor compañera de viaje en la gesta del vivir. La verdad nos hará libres dijo el Primero de los hombres y qué verdad más grande se escondía tras esta rotunda frase. La verdad por bandera en ocasiones es carísima, pero a la larga es confortable practicarla. La verdad tiene mucho que ver con lo auténtico. Me apasionan las personas auténticas que viven a pecho descubierto, sin complejos, mostrándose tal cual, con el filtro justo para vivir en paz en sociedad. Busco sentimientos verdaderos no impostados, energías positivas que empapen mi interior. Persigo la sinceridad, la amistad verdadera sin atrezo que la disfrace. Busco rodearme de quienes viven cristalinos, transparente, que pelean con pasión por sus sueños y huyo con la velocidad de una gacela de los viejos de espíritus, sin aspiraciones, de las relaciones basadas en el rédito, de los amigos que resultaron no serlo y que me rodeaban movidos por intereses insanos. Quiero besos sinceros, abrazos veraces, guiños que nazcan del corazón, amigos del verbo amistad, compañeros de travesía íntegros que no buscan el descuido para quitar la silla de quien camina al lado por avatares que nunca comprenderemos. El movimiento se demuestra andando según el dicho popular. Hechos y no palabras de trovadores vacíos. Velo por la verdad entre quienes se me arriman o me arrimo. Por eso a veces hay que ser poco dependiente y optar por la soledad a por las compañías de hoja caduca. La “ojana” para la Habana que es Cádiz con más negritos. Quiero a mi alrededor verdad con la cara desnuda, arrojando las máscaras de la mentirijilla al mar. Quiero generosidad en mi mundo, en todas sus acepciones. Me gustan las mujeres que son señoras por derecho de las que sus actos dicen más que sus discursos copa en mano o cigarrillo al aire. Me gustan los hombres cabales que se visten por los pies a riesgo de perder. Echados para adelante. Vivimos una sola vez y qué mínimo que tener la ambición honesta de vivir instalado en la verdad con gente certera. Quiero el calor de una visita de hospital, de llamadas sin planear y porque sí, sin esperar a los días grandes para acordarnos de Santa Bárbara. Quiero decir te quiero a quienes quiero y que me digan te quiero quienes me quieran sin esperar a Nochebuena. Quiero volcar mis energías en quienes sacrificarían parte de sí por apoyarme a machete en boca. Sucede que a veces me siento como un loco, tremendamente majareta por pedir verdad en mi vida. Muy bueno no estaré, pero si esto es una demencia en el planeta del interés quiero que me encierren. No me gustan las dobleces, las segundas lecturas. Sin que me lo pida, oso a sugerirle con esta borrachera de letras que viva buscando la verdad en su vida, destierre quienes no le suman sólo por no sentirse sólo. La soledad a veces es la mejor consorte pues es con ella cuando conseguimos pararnos y dar con la pócima de la felicidad. El mundo, amigo mío, está planteado de una manera que da vértigo. La certeza es sacrificada continuamente por intereses que nada suman para que durmamos a pierna suelta. Le propongo un ejercicio. Haga una lista con sus objetivos, con esas personas que realmente sacrificarían un trozo de su tiempo, de sus ganas, de sus esfuerzos por tenderle a tiempo una mano, con lo que le hace sentir bien. Guárdela cerca. Cuando caiga en la cuenta de las energías que pierde por objetivos que no son los que están en esa lista le indicará que es el momento de cambiar de rumbo. Cuando entienda el tiempo que pierde en quienes no están en esa lista dejará de frecuentarlos. Esto le ayudará a vivir cerca de la felicidad, de la verdad que es lo mismo. Todo lo que no está en esa lista no le interesa ni le suma. El trigo limpio o nada. Eso no quiere decir que vayamos a aprender a vivir cien por cien. Mi padre, que es cum laude sobresaliente en la vida, siempre dice que nos llevamos toda nuestra existencia aprendiendo a vivir para cuando ya sabemos irnos al campo de los calladitos... No obstante, podemos usar el coco, el silencio y la reflexión para analizar nuestros movimientos y evitar los tropezones evitables en la medida de lo posible. Esta noche, cuando llegue a casa, saque su mejor copa de cristal, la de los días grandes, como hoy. Saque el vino que tenga guardado para los días importantes, como hoy. Sírvase una copa, coja un papel y un lápiz y elabore su receta para ser feliz y para vivir de verdad. Guárdela cerca para cuando se vea perdido. A mí me sirvió y de vez en cuando, para qué engañarle, acudo a la goma de borrar por eso el lápiz siempre le será más práctico que el bolígrafo. Habrá quienes como los objetivos se incorporen y se caigan de esa lista que sólo le sirve a usted... ¡Ojo! ¡Sin rencor!

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